¿Realidad o ficción?

Pero, ¿por qué no mezclarlas?

Probablemente ella se había olvidado ya de él. Lo ocurrido en el pasado había sido más fruto de su imaginación que hijo de la realidad. La verdad es que nada había llegado a suceder. Algún intento reprimido que lejos de final feliz, falleció en el prologo asesinado por el miedo…

Habían pasado más de 7 años desde aquella última vez. Es una pena pero no consigo recordarla. La inexperiencia de su juventud hizo que él fuera enfriando poco a poco aquella relación evitando el contacto y llenando todo de pequeñas mentiras disfrazadas de excusas que tristemente consiguieron su misión. Reducir el contacto a la mínima expresión para después perderse por completo de vista sin dejar el más mínimo recuerdo.

Bueno, esto último no es del todo cierto. El no podía evitar pensar en ella de cuando en vez. A veces por que aparecía en su cabeza y otras porque… digamos que alguien se lo recordaba, pero esa es otra historia y no es este su lugar. Sigamos. El no podía evitar pensar en ella. No tenían ningún contacto así que la frecuencia de dichos pensamientos no era muy grande pero nunca desaparecieron por completo. Hasta que un día…

Allí estaba ella. Solo tenía que hacer click en ese botón para retomar el contacto. Su timidez le obligó a perder algo de tiempo recordando, mirando lo que acababa de descubrir e imaginando que pasaría si… Pero él había cambiado y había conseguido encontrar el emulgente para que la emulsión realidad/ficción durara eternamente. Una vez superado el miedo gracias a la imaginación puso un poco de realidad en su cabeza en modo de presente y se limitó a hacer lo que su imaginación le había insinuado. Sabía perfectamente que las cosas no iban a suceder tal y como las imaginaba, pero esa era la lección que tantos años le había costado aprender. La imaginación nos cuenta siempre una bonita historia que nunca sucederá, pero que nos dice con toda claridad que es lo que queremos y por tanto lo que tenemos que intentar. Hizo click en ese botón y se limitó a esperar respuesta…

Y la respuesta llegó. Un par de conversaciones virtuales un poco frías y después otra vez silencio. El quería volver a verla. No sabía muy bien por qué pero quería hacerlo. Quizá fuera porque por fin la vida le había brindado la oportunidad de remendar lo ocurrido, quizá porque la duda sobre si podría haber sucedido algo diferente nunca había terminado de desaparecer, o a lo mejor simplemente porque al ver sus fotos seguía sintiendo algo extraño. Una mezcla entre curiosidad y atracción con unas gotas de imaginación y un leve aroma a miedo. No se le puede llamar amor, aún es pronto para eso, pero había algo y fuera lo que fuera él quería disfrutarlo.

El tiempo nunca se detiene y entre duda y duda fueron pasando las semanas y los meses hasta que un día, en esta ocasión probablemente porque el miedo al error era más débil que el miedo a volver a no hacer nada, se decidió. ¿Por qué no nos vemos? Ella accedió y aunque todo estaba saliendo a pedir de boca él sintió como los nervios intentaban una vez más apoderarse de la situación. No os equivoquéis, les dijo, pase lo que pase esta vez no pienso haceros caso. Y en un arranque de valentía inconformista se obligó a si mismo a ultimar los detalles de aquel reencuentro de viva voz.

Hasta ahora solo habían cruzado una serie de mensajes de texto a través de un portal de Internet, pero eso era demasiado cómodo y demasiado frío a la vez. Le apetecía oír su voz a pesar de saber de antemano que con mucha probabilidad aquella conversación iba a ser algo incómoda y llena de silencios… pero también iba a ser única. No iba a tener otra oportunidad de llamarla 7 años después y no saber que decir después de decir “Hola, soy yo…”

Y así lo hizo, no sin antes escuchar un par de veces esa canción cuyo principio tanto le gustaba y con el que tantas veces se había imaginado a si mismo como protagonista. Salió de la oficina y bajó a la calle. Encendió un cigarro y la llamó.

– Hola, soy yo…

– Hola…

– Jo, ¡cuanto tiempo! ¿Qué tal todo?

– Bien…

– Esto es super raro, no se que decir… jejeje. Oye, entonces ¿cómo quedamos?

Al final quedaron en una calle de Madrid. El volvió a su puesto de trabajo sin tener ni idea de como llegaría hasta allí, pero como os podéis imaginar aquel era el menor de sus problemas. Ya no había marcha atrás. Esa misma tarde, 3 o 4 horas después de aquella primera conversación, volverían a verse. Genial, si, pero… ¿y si ninguno de los dos sabe que decir? Tampoco es que hayamos estado mucho tiempo tiempo al teléfono, creo que ha pasado del minuto por los pelos. Pero él conocía muy bien a su cerebro y se había preparado para no sucumbir ante tal interrogatorio, estaba listo para no dejarse presionar. Da igual lo que pienses, se dijo a si mismo, sabes de sobra que no acertarás, ni para bien, ni tampoco para mal, así que relájate y deja que sea el presente el que te diga lo que pasará…

Las 18:30. Un poco pronto, si, no habían quedado hasta las 20:00, pero dado que después de aquella llamada en su cabeza solo había sitio para una cosa dejó de trabajar y partió hacía su destino. Todo salió mejor de lo que él esperaba y llegó sin ningún problema, aunque algo pronto. Un mensaje, ups. Era ella avisándole de que llegaría algo tarde, problemas de curro. Un par de mensajes (y si no recuerdo mal una llamada) después él se sentó a esperarla en la terraza de aquel bar, con su revista de surf y su cerveza, y su imaginación contándole cientos de historias como si no hubiera un mañana.

Una cerveza más y unas fotos increíbles habían conseguido abstraerle un poco hasta que de repente, en uno de sus barridos de 180 grados para ver si la veía acercarse, apareció. Sigue igual de guapa, pensó, no ha cambiado nada. Se levantó y se acercó hacía ella con una sonrisa nerviosa para saludarle con dos besos. Ella se sentó, se quitó las gafas de sol y después de cruzar un par de frases típicas de estas situaciones le pidió una cerveza al camarero. La conversación siguió el camino lógico. Se habían conocido en la universidad y llevaban más de 7 años sin verse, así que los dos se pusieron a repasar juntos aquella fase de su vida recordando anécdotas y comentando un poco de puntillas lo que les había sucedido a ambos durante aquellos años.

Recuerdos, risas y alguna que otra tímida mirada sostenida durante algún segundo de más. Creo que todavía no he contado nada sobre nuestros personajes, y es que hay mucho que contar, pero por separado. Su forma de ver la vida es completamente diferente. Sus escalas de valores, sus prejuicios, sus intereses, sus ritmos de vida… Todo, absolutamente todo, lo ven de forma diferente. Sus vidas eran agua y aceite y a medida que iban tocando los diferentes temas esta sensación no hacía más que reafirmarse. Y sin embargo ambos sonreían y se relajaban poco a poco. Un par de horas después él aprovechó un comentario de ella para intentar obtener un poco de información. “¿Nos tomamos la última o quieres que nos vayamos ya? Como has dicho antes que te sueles acostar pronto…” El no las tenía todas consigo pero ella accedió a tomarse la última sin más, no hizo falta convencerla mucho, lo cual provocó una vez más en el que durante los siguientes 5 minutos no pudiera borrar esa estúpida sonrisa de su cara.

Bueno, es algo tarde ya, vamos a ir pidiendo la cuenta y a casita a dormir que mañana todavía es Miércoles y el despertador no perdona. Él se ofreció a acercarle a casa y ella, aunque al principio se negó, al final terminó accediendo. Últimas bromas en el coche y una fría y tímida despedida hicieron que dos besos y un sutil cruce de miradas dieran fin a aquel primer encuentro. El siguió conduciendo durante casi una hora hasta llegar a su casa, y durante el viaje de vuelta pasaron muchísimas cosas por su cabeza y dejó volar libremente a su imaginación. Era un juego que le encantaba practicar al volante, sobre todo volviendo a casa de noche por esos caminos solitarios que tanto le gustaba recorrer…

Puede parecer extraño pero él lo veía bastante normal. Solía pensar que no importa lo mucho o poco que te parezcas a una persona, sino lo mucho o poco que te parezcas a ti mismo a su lado. Y aquel era el ejemplo perfecto. Dos personas totalmente diferentes que se sentían atraídas el uno por el otro de forma totalmente inexplicable. Supuestamente todo aquello no tenía sentido ni razón de ser, pero poco a poco el contacto fue creciendo y volvieron a quedar. El plan era ir al cine pero al final terminaron otra vez sentados en una terraza, aunque esta vez dentro de un centro comercial. Él había elegido el plan del cine porque así podrían pasar tiempo juntos sin la necesidad de llenar el silencio con palabras. Aunque la primera vez había sido genial sabía que los temas de conversación superficiales estaban a punto de agotarse y todavía era demasiado pronto para poder entablar una conversación más íntima y duradera. Y así sucedió. Aquella segunda cita fue algo más incómoda y fría en algunos momentos, y aunque también hubo risas y momentos buenos él decidió no alargarla demasiado esta vez. La acompaño a su coche después de dar un par de vueltas por el parking (no para alargarlo más, sino más bien gracias a la mala memoria) y cuando por fin lo encontraron se dieron dos besos y cada mochuelo a su olivo.

¿Será esta la última vez? Algo dentro de él le decía que si, que todo aquello no tenía sentido, que ella no sería capaz de romper aquel enorme muro de prejuicios sociales que les separaba. Pero siguieron hablando, aunque fuera utilizando un ordenador, cada vez con más frecuencia y de cuando en vez tocando alguno de esos temas más íntimos y personales. Y cada vez se parecían menos y sin embargo seguían manteniendo conversaciones hasta la hora de dormir, incluso se enviaron algún que otro mensaje con el móvil. Pero no volvieron a quedar. Al menos no por el momento…

Y a día de hoy ambos siguen jugando al tan estúpido como peligrosos y divertido juego de no renunciar ni dejarse llevar. De mantener el contacto justo para no perderse otra vez, pero con mucho cuidado de no cruzar la barrera del punto de no retorno. De seguir en el escenario más seguro pero por desgracia el menos racional, y también el menos visceral. El escenario del término medio y de la aceptación social. Pero, ¿qué podría pasar?

Si dejaran de hablarse ninguno de los dos notaría mucho la pérdida. Ambos tienen su vida hecha y no ha pasado nada lo suficientemente especial como para aferrarse a ello en caso de pérdida. ¿Y si dieran un paso más? Quizá todo cambiaría y sería perfecto, o simplemente desaparecería esa curiosidad que mantiene la llama encendida y ambos podrían seguir con sus vidas con un bonito recuerdo más. Pero, ¿y si la llama se apaga porque la vela se consume del todo?

El tiempo nunca se detiene y en esta vida todo tiene un principio y un final. Hay vientos que apagan velas sin preguntar y velas apagadas por soplidos cuando su luz deja de gustarnos. Pero no es ese el problema. ¿Para qué sirven las velas? Para alumbrar. Y por eso poco importa que su luz siga encendida si no la llegamos a usar. Porque queramos o no, nos guste más o menos algún día se apagará, o la apagaremos,  y entonces lo único que será importante es si hemos aprovechado o no su luz para mirar y descubrir todo lo que apareció delante de nosotros mientras brillaba…

¿Realidad o ficción?, así empezaba. Ficción en los detalles, realidad en sus miradas. Una pizca de imaginación y pasión por las palabras. Una historia sin fin con verdad enmascarada, lucha por diversión de un escritor y su alma…

Anuncios

Acerca de Enadan

http://about.me/enadan
Esta entrada fue publicada en Desde dentro. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s